Juan salió de casa apurado. Ni siquiera desayunó, no se duchó y no prestó mucha atención en la ropa que se ponía. No sabía que ese día, era el día de su muerte. Bajó rapidamente a la calle, porque llegaba tarde a una entrevista de trabajo. Prefería llegar no demasiado presentable, que no llegar, así que obviando cualquier tipo de aseo personal en esa mañana, llegó lo antes que pudo a la parada de metro. Pasó el bono y bajó las escaleras. Allí, decenas de personas, con la misma ropa, con la misma cara, esperando para coger, el mismo vagón. Mientras esperaba, un pobre se acercó a Juan para pedir limosna. Era del estilo de pobres que te hablan para buscar conversación, no de los que está callados. Pidió sin reparo, pero no recibió nada de Juan. Estas cosas le contrariaban. Le daba pena no dar nada, pero creía que esa no era la solución. Después siempre se repetía "No dar nada, tampoco lo es". Se quedaba con las ganas de dar una vez más. Lo que él no sabía, era que ese día, era el día de su muerte.
El metro llegó, y todas aquellas personas, incluído Juan, se montaron. Un medio de transporte gris, oscuro, triste, como la mayoría de vidas que viajaban en él.
Llegó a la entrevista de trabajo a tiempo. Con una pinta horrible, y con las tripas sonándole, pero llegó. Decidió dejar la carrera. Su padre le había conseguido aquella entrevista en la empresa en la que él trabajaba. Podía empezar como becario o chico de los recados, y empezar a crecer desde abajo."Es una gran oportunidad" , le había dicho. Así que volvió a casa, dejó su carrera, dejó su piso, dejó su vida, y se vino con sus padres, otra vez.
Le llevaron a una salita, donde había dos personas esperando a ser entrevistadas para diferentes puestos. Un chico, que se parecía misteriosamente al pobre que le había pedido limosna, y una chica. La chica estaba bastante nerviosa, o lo parecía. Llevaba un corto vestido negro que realzaba su figura, lo que dejaba entrever que era inteligente. Sabía usar sus armas.
Juan se desesperaba allí esperando, así que empezó a hablar con ella. Había terminado la carrera de empresariales y buscaba abrirse hueco en algun sitio. Era su quinta entrevista y empezaba a perder esperanza. Juan le dió ánimos. La gente los da aunque no tenga ni puta idea de lo que habla. No hay forma de averigüar qué ocurrirá, pero la gente siempre dice "Ya verás como todo sale bien". Juan lo decía, quería animarla y quedar bien.
A los pocos minutos, la secretaria les anunció que el entrevistador había sufrido un retraso y no llegaría hasta dentro de 1 hora. Podían bajar a tomar algo y volver despues. El hombre, la chica y Juan bajaron al portal. La ciudad había despertado y había bastante gente en la calle. El hombre se metió en una boca de metro y desapareció. Juan sugirió ir a la cafetería de la esquina, plan al que ella accedió.
El tiempo voló, las conversaciones tambien. Tenían bastante en común, sino fuera porque ella tenía carrera y él no, porque ella tenía dinero y él no, y porque ella tenía pechos y él no. Pronto hubo que volver arriba. El hombre sospechoso ya no estaba. Tocó la hora de la entrevista y la despedida. Juan dudó en pedirle su número, o siquiera su nombre (había olvidado por completo preguntárselo). Pero no lo hizo. No se atrevió, como muchas otras veces. Lo que él no sabía, era que ese día, era el día de su muerte.
Tras llegar a casa y comer, se tiró en el sofá. Tenía sueño por haber madrugado. Decidió que ese día no saldría, se quedaría en casa. La entrevista había ido bien. Empezaría a trabajar la semana siguiente, el lunes, a primera hora. El enchufe había funcionado.
Sus padres vinieron a interesarse por la entrevista. Le preguntaron todo sobre ella, y sobre lo que tenía pensado hacer, no hacer, decidir... Sus padres se lo preguntaban, como si él pudiese decidir algo. Toda su vida había estado encauzada por decisiones de otros. Siempre se imaginaba levantando su mano, su voz, y cambiando su destino. Haciendoles ver a los demás que él podía llevar su vida. Callar la boca de sus padres, abuelos y todos los que se metían. Enseñadles quién manda en él. Pero solo lo soñaba, nunca lo hacía.
Así que llegó la noche y decidió no cenar e irse pronto para cama. Se metió en su cuarto desordenado un día más. A pesar de eso, decidió dejar su ordenación para otro día. Lo que él no sabía, era que ese día, era el día de su muerte.